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miércoles, 2 de enero de 2013

CUENTO "EL ARBOL DE NAVIDAD"


Arbol navideño y Nacimiento
CUANDO EL NIÑO JESÚS NACIÓ EN BELÉN, EL MUNDO SE LLENÓ DE ALEGRÍA Y A BELÉN LLEGABAN GENTES DE TODAS PARTES PARA OFRECER REGALOS AL NIÑO.
CERCA DEL ESTABLO DONDE EL NIÑO DIOS DESCANSABA, SE DICE QUE HABÍA TRES ÁRBOLES:
UNA PALMERA, UN OLIVO Y UN PINO. AL VER A TANTA GENTE QUE IBA Y VENÍA CON REGALOS, ELLOS TAMBIÉN SINTIERON DESEOS DE OFRECER ALGO AL NIÑO JESÚS.
- YO - DIJO LA PALMERA - VOY A DESGAJAR UNA DE MIS RAMAS. LA VOY A COLOCAR CERCA DE LA CUNA Y CUANDO EL NIÑO JESÚS TENGA CALOR, YO, SUAVEMENTE, DULCEMENTE, LE ABANICARÉ. NO PUEDO HACER OTRA COSA.
- PUES YO - DIJO EL OLIVO - PIENSO HACER ACEITE DE MIS OLIVAS Y OFRECÉRSELO A SU MADRE, LA VIRGEN, PARA QUE HAGA COMIDA Y PUEDA UNGIR LOS PIECECITOS DEL NIÑO.
EL PINO ESTABA TRISTÍSIMO. NO SABÍA QUÉ OFRECER. ADEMÁS, LA PALMERA Y EL OLIVO SE BURLABAN DE ÉL Y LE DECÍAN:
- NO, TÚ NO TIENES NADA QUE REGALAR. CON TUS HOJAS, QUE PARECEN AGUJAS, PINCHARÍAS AL NIÑO. NADIE TE QUIERE NI TE QUERRÁ.
Y EL PINO TENÍA MUCHA PENA.
PERO UN ÁNGEL QUE CONTEMPLABA LA ESCENA SE COMPADECIÓ DE ÉL Y DECIDIÓ AYUDARLO.
- NO TENGAS PENA - LE DIJO - YO TE VOY A AYUDAR. PEDIRÉ A LAS ESTRELLAS QUE BAJEN DEL CIELO Y SE POSEN EN TUS RAMAS Y CON SU LUZ ALUMBRARÁS AL NIÑO Y, ADEMÁS,SERVIRÁS DE GUÍA A TODOS LOS CAMINANTES QUE ACUDAN A LA CUEVA.

ASÍ LO HIZO, Y AL TIEMPO EL PINO SE VIO TODO LLENO DE LUCES DE COLORES PORQUE MUCHAS ESTRELLAS BAJARON DEL CIELO Y SE POSARON EN SUS RAMAS.
Y HASTA EL NIÑO JESÚS DESDE SU CUNITA SE FIJÓ EN EL PINO. SUS OJITOS BRILLARON AL CONTEMPLAR LUCES TAN BELLAS. EL PINO SE LLENÓ DE ALEGRÍA.
LA GENTE QUE LLEGABA A LA CUEVA VIO AQUEL PINO TAN ADORNADO, TAN LLENO DE LUCES, TAN BONITO, QUE TODOS, AL LLEGAR A SUS CASAS PONÍAN UN PINO ASÍ DE BONITO EN RECUERDO DE LA CUEVA DE BELÉN. DESDE ENTONCES, EL PINO ES ELEMENTO DE ADORNO EN TODOS LOS HOGARES DEL MUNDO EN LA ÉPOCA DE NAVIDAD, COMO RECUERDO DE AQUEL PINO QUE UN DÍA BRILLÓ ANTE LA CUNA DEL NIÑO JESÚS.

(LEYENDA POPULAR ALEMANA)

domingo, 9 de septiembre de 2012

LA VIRGEN Y EL SANTO NIÑO EN LA OBRA DE RUBEN DARIO

En esta ocasión les presentamos un bello poema en prosa sobre la Santa Virgen María y el Niño escrito por el gran poeta nicaragüense Rubén Darío. La presente obra forma parte de su emblemático libro "Azul", obra maestra de la literatura latinoamericana de fines del siglo XIX y principios del siglo XX que fuera la punta de lanza del movimiento literario modernista.  Esperamos que sea de su agrado.





LA VIRGEN DE LA PALOMA


Anduvo, anduvo.

Volvía ya a su morada. Dirigíase al ascensor cuando oyó una risa infantil, armónica, y él, poeta incorregible, buscó los labios de donde brotaba aquella risa.

Bajo un cortinaje de madreselvas, entre plantas olorosas y maceteros floridos, estaba una mujer pálida, augusta, madre, con un niño tierno y risueño. Sosteníale en uno de sus brazos, el otro lo tenía en alto, y en la mano una paloma, una de esas palomas albísimas que arrullan a sus pichones de alas tornasoladas, inflando el buche como un seno de virgen, y abriendo el pico de donde brota la dulce música de su caricia.

La madre mostraba al niño la paloma, y el niño, en su afán de cogerla, abría los ojos, estiraba los bracitos, reía gozoso; y su rostro al sol tenía como un nimbo; y la madre, con la tierna beatitud de sus miradas, con su esbeltez solemne y gentil, con la aurora en las pupilas y la bendición y el beso en los labios, era como una azucena sagrada, como una María llena de gracia, irridiando la luz de un candor inefable. El niño Jesús, real como un dios infante, precioso como un querubín paradiasíaco, queria asir aquella paloma blanca, bajo la cúpula inmensa del cielo azul.

Ricardo descendió, y tomó el camino de su casa.


RUBEN DARIO  (Félix Rubén García Sarmiento)
Nicaragua, 1867 -- 1916

domingo, 15 de julio de 2012

EL NIÑO JESUS Y LOS PAJARILLOS DE BARRO : CUENTO


En esta ocasión te presentamos un hermoso cuento sobre la infancia de Jesús escrito por Selma Lagerlöf, famosa escritora sueca galardonada con el premio Nobel de Literatura en 1909.

EN NAZARET
POR SELMA LAGERLÖF
(Marbacka, Suecia 1858 - 1940)

SANTO NIÑO DE LAS PALOMITAS DE ZACATECAS, MÉXICO

Cuando Jesús tenía cinco años, hallábase una vez sentado en el umbral del taller de su padre, ocupado en hacer figurillas de barro con un trozo de blanda arcilla que le había regalado el cacharrero de enfrente.
Estaba Jesús más satisfecho que nunca, pues todos los niños del barrio le habían contado que el cacharrero era un hombre brusco que no se dejaba conquistar ni con miradas suplicantes ni con melosas zalamerías, por cuyo motivo no había osado manifestarle un solo ruego. Pero, ved, ¡apenas si sabía él mismo cómo había sucedido aquello! El caso es que hallándose en la puerta de su casa mirando con ojos anhelantes cómo trabajaba sus moldes, el vecino salió de su taller y le regaló tanta arcilla, que bastaba para hacer con ella una gran jarra de las que se emplean para el envase del vino.

Junto a la escalera de la casa próxima estaba sentado Judas, un muchacho feo y pelirrojo, con la cara llena de manchas blanquecinas y los vestidos llenos de desgarrones que se había hecho en sus continuas peleas con los chicos de la calle. Por el momento estaba tranquilo; no importunaba a nadie ni se peleaba con ningún chico, y, como Jesús, estaba ocupado con un trozo de arcilla.
Pero esta arcilla no había podido procurársela él, pues apenas si se atrevía a pasar por delante de la casa del cacharrero, quien se quejaba siempre de que Judas tiraba piedras a su quebradiza mercancía y seguramente le habría echado a palos; pero Jesús había partido con él su provisión.

Las figurillas que iban modelando las colocaban ambos niños en torno a él. Tenían el mismo aspecto que todas las figurillas de barro de todos los tiempos. En lugar de pies tenían una gran bola de barro, y, en la espalda, unas alas apenas perceptibles y una cola insignificante.
Pero, de todos modos, observábase en seguida una diferencia en el trabajo de los dos compañeros.
Los pájaros de Judas eran tan desequilibrados que no lograban mantenerse en pie, y por más esfuerzos que hacía con sus menudos y duros dedos, no lograba dar a sus cuerpos una forma bella y presentable. A veces miraba a hurtadillas hacia Jesús para ver cómo hacía sus pájaros, tan regulares y lisos como las hojas de las encinas de los bosques del monte Tabor.
A medida que terminaba sus pajarillos, Jesús iba alegrándose más y más. Cada uno le parecía más bonito que el otro, y los contemplaba lleno de orgullo y de amor. Serían sus compañeros de juego, sus pequeños hermanitos, y debían dormir en su camita, hacerle compañía, cantarle su cariño en ausencia de su madre.

NIÑO DE LAS PALOMAS (LITOGRAFIA)
Jamás se había creído tan rico nunca volvería a sentirse solo y abandonado.
Un corpulento aguador pasó por delante, inclinado bajo el peso de su pesada cuba, y tras él siguió un vendedor de legumbres, balanceándose sobre el lomo de su asno, entre dos grandes cestas de sauce, vacías ya. El aguador puso su mano sobre la cabeza de dorados rizos de Jesús, y le preguntó por sus pájaros. Jesús le contó que tenían nombre y que podían cantar. Todos sus pajarillos habían venido volando hacia él desde lejanos países y le contaban infinitas cosas de las que sólo ellos y él sabían algo. Y Jesús hablaba de tal manera que el aguador y el verdulero olvidaron su trabajo, durante un largo rato, para escucharle.
Mas cuando iban a marcharse, Jesús les señaló a Judas:
—¡Mirad qué pájaros más bonitos hace Judas!
Entonces el verdulero detuvo bondadosamente su asno, y preguntó a Judas si sus pájaros tenían también nombre y podían cantar.

Pero Judas, no sabiendo qué contestar, calló obstinadamente y no levantó la mirada de su trabajo, de modo que el verdulero le aplastó, disgustado, uno de los pájaros, y siguió su camino.
Y así pasó la tarde. El sol se hallaba en su ocaso y su brillo penetraba por la baja puerta de la ciudad, que se hallaba adornada con un águila romana y que se levantaba al final de la calleja. Este resplandor que llegaba con el crespúsculo era de un color rosa vivo; y como si estuviera mezclado con sangre bañaba en su color todo lo que se ponía en su camino, al atravesar la estrecha callejuela. Lo mismo bañaba los platos y jarros del cacharrero, que la tabla que chirriaba bajo los dientes de la sierra de José o el blanco velo que cubría el rostro de María.
Pero donde más bellamente fulguraba el sol era en los pequeños charcos que se habían formado entre los desiguales adoquines del empedrado de la calle. Y, de repente, metió Jesús su manita en el charco que tenía más próximo. Se le había ocurrido pintar sus pajarillos grises con el fulgurante resplandor solar que había revestido de tan bellos matices el agua, los muros de las casas y todo cuanto alcanzaban sus rayos.

Y el brillo del sol tuvo un gran placer en dejarse extraer, como pintura de un cubo, y cuando Jesús revistió con ella sus pajarillos de barro, quedaron éstos envueltos de pies a cabeza con un brillo diamantino.
Judas, que de vez en cuando lanzaba una mirada a Jesús para ver si éste hacía más bellos pájaros y en mayor cantidad que él mismo, lanzó un grito de admiración al ver que Jesús revestía sus pajanllos con el brillo solar que tomaba de los charcos de la calleja.
Y también Judas sumergió su menuda mano en la fulgurante agua, intentando extraer igualmente el brillo del sol.

Pero el dorado resplandor no se dejó coger por él. Se le escapaba entre los dedos y por más que movía sus manos para cazarle no le era posible retener ni una pizca de resplandor para sus pobres pajarillos.
—¡Espera, Judas! —exclamó Jesús—. Ahora voy a pintarte los pájaros.
— No —dijo Judas—, no quiero que los toques, están bien así.
Levantóse, frunció las cejas y se mordió los labios. Entonces fue colocando su ancho pie sobre los pájaros y los pisoteo uno tras otro, convirtiéndolos en un informe montón de barro.
Cuando hubo destruido así todos sus pájaros, se acercó a Jesús, que acariciaba a los suyos, resplandecientes como joyas.

Judas los contempló silencioso durante un rato, después alzó un pie y aplastó uno de ellos.
Cuando Judas retiró el pie y vio el menudo pajarillo transformado en un bulto grisáceo de barro, sintió tal alivio que empezó a reír y levantó el pie para aplastar otro.
— ¡Judas! —exclamó Jesús—. ¿Qué estás haciendo? ¿No sabes que viven y pueden cantar?
Pero Judas rióse, y aplastó otro pajarillo.
Jesús buscó auxilio en torno suyo. Judas era más corpulento y fuerte y Jesús no tenía fuerza para retenerle. Miró hacia su madre, pero ésta se hallaba bastante alejada y antes de que hubiera tenido tiempo de llegar, Judas habría conseguido aplastar todos sus pajarillos.
Los ojos de Jesús se llenaron de lágrimas. Ya había destruido Judas cuatro de sus pájaros y no le quedaban más que tres.
Y le apenó ver que sus pájaros siguieran allí tan tranquilos y se dejaran aplastar sin huir del peligro.
Jesús palmoteó con sus manitas para despertarlos y les gritó:
—¡Volad, volad!
Entonces los tres pajarillos empezaron a agitar sus alitas y temerosos volaron hacia el alero del tejado.

Cuando Judas vio que los pajarillos agitaron las alas y volaron al conjuro de Jesús, se puso a llorar amargamente.
Se mesó los cabellos como había visto hacer a las personas mayores dominadas por la desesperación, y se echó a los pies de Jesús.
Y Judas permaneció ante Jesús revolcándose en el polvo como un perro, besándole sus pies y conjurándole para que levantara el pie y le aplastara como él había hecho con sus pajarillos de barro, pues Judas amaba a Jesús; le admiraba y le odiaba al mismo tiempo.
María, que había observado el juego de los niños, levantó a Judas del suelo y le acarició.
—¡Pobre niño! —le dijo—. Tú no sabes que has intentado hacer algo que no puede realizar ninguna criatura viviente. Que no se te vuelva a ocurrir hacer lo mismo si no quieres ser el mas desgraciado de los hombres.
¡Qué suerte correría a aquel de entre nosotros que osara rivalizar con el que puede pintar con brillo de sol y vivificar el muerto barro con el hálito de la vida!

sábado, 21 de enero de 2012

"El sueño del Niño Jesus" : Un hermoso poema





 "El sueño del Niño Jesús"

La Virgen María
penaba y sufría.
Jesús no quería
dejarse acostar.


—¿No quieres? —No quiero.
Cantaba un jilguero,
sabía a romero
y a Luna el cantar.

La Virgen María
probó si podía
del son que venía
la gracia copiar.

María cantaba,
Jesús la escuchaba,
José que aserraba
dejó de aserrar.

La Virgen María
cantaba y reía.
Jesús se dormía
de oirla cantar.

Tan bien se ha dormido
que el día ha venido
e inútil ha sido
gritarle y llamar.

Y entrado ya el día,
como Él aún dormía,
para despertarle
la Virgen María
tuvo que llorar.
Eduardo Marquina
(Barcelona, 1879 - Nueva York, 1946)
Poeta y dramaturgo español.

lunes, 12 de diciembre de 2011

El Gigante Egoísta

POR OSCAR WILDE

En este bello cuento que el gran escritor irlandés Oscar Wilde  escribió para sus hijos, vemos como un pequeño niño muy especial enseña a un gigante egoista a abrir su corazón y su jardín para que los niños y la primavera entren a jugar ahí.



Cada tarde, a la salida de la escuela, los niños se iban a jugar al jardín del Gigante. Era un jardín amplio y hermoso, con arbustos de flores y cubierto de césped verde y suave. Por aquí y por allá, entre la hierba, se abrían flores luminosas como estrellas, y había doce albaricoqueros que durante la Primavera se cubrían con delicadas flores color rosa y nácar, y al llegar el Otoño se cargaban de ricos frutos aterciopelados. Los pájaros se demoraban en el ramaje de los árboles, y cantaban con tanta dulzura que los niños dejaban de jugar para escuchar sus trinos.

-¡Qué felices somos aquí! -se decían unos a otros.

Pero un día el Gigante regresó. Había ido de visita donde su amigo el Ogro de Cornish, y se había quedado con él durante los últimos siete años. Durante ese tiempo ya se habían dicho todo lo que se tenían que decir, pues su conversación era limitada, y el Gigante sintió el deseo de volver a su mansión. Al llegar, lo primero que vio fue a los niños jugando en el jardín.

-¿Qué hacen aquí? -surgió con su voz retumbante.

Los niños escaparon corriendo en desbandada.
-Este jardín es mío. Es mi jardín propio -dijo el Gigante-; todo el mundo debe entender eso y no dejaré que nadie se meta a jugar aquí.
Y, de inmediato, alzó una pared muy alta, y en la puerta puso un cartel que decía:

ENTRADA ESTRICTAMENTE PROHIBIDA
BAJO LAS PENAS CONSIGUIENTES

Era un Gigante egoísta...

Los pobres niños se quedaron sin tener dónde jugar. Hicieron la prueba de ir a jugar en la carretera, pero estaba llena de polvo, estaba plagada de pedruscos, y no les gustó. A menudo rondaban alrededor del muro que ocultaba el jardín del Gigante y recordaban nostálgicamente lo que había detrás.

-¡Qué dichosos éramos allí! -se decían unos a otros.

Cuando la Primavera volvió, toda la comarca se pobló de pájaros y flores. Sin embargo, en el jardín del Gigante Egoísta permanecía el Invierno todavía. Como no había niños, los pájaros no cantaban, y los árboles se olvidaron de florecer. Sólo una vez una lindísima flor se asomó entre la hierba, pero apenas vio el cartel, se sintió tan triste por los niños que volvió a meterse bajo tierra y volvió a quedarse dormida.
Los únicos que ahí se sentían a gusto eran la Nieve y la Escarcha.

-La Primavera se olvidó de este jardín -se dijeron-, así que nos quedaremos aquí todo el resto del año.

La Nieve cubrió la tierra con su gran manto blanco y la Escarcha cubrió de plata los árboles. Y en seguida invitaron a su triste amigo el Viento del Norte para que pasara con ellos el resto de la temporada. Y llegó el Viento del Norte. Venía envuelto en pieles y anduvo rugiendo por el jardín durante todo el día, desganchando las plantas y derribando las chimeneas.

-¡Qué lugar más agradable! -dijo-. Tenemos que decirle al Granizo que venga a estar con nosotros también.

Y vino el Granizo también. Todos los días se pasaba tres horas tamborileando en los tejados de la mansión, hasta que rompió la mayor parte de las tejas. Después se ponía a dar vueltas alrededor, corriendo lo más rápido que podía. Se vestía de gris y su aliento era como el hielo.

-No entiendo por qué la Primavera se demora tanto en llegar aquí -decía el Gigante Egoísta cuando se asomaba a la ventana y veía su jardín cubierto de gris y blanco-, espero que pronto cambie el tiempo.
Pero la Primavera no llegó nunca, ni tampoco el Verano. El Otoño dio frutos dorados en todos los jardines, pero al jardín del Gigante no le dio ninguno.
-Es un gigante demasiado egoísta -decían los frutales.
De esta manera, el jardín del Gigante quedó para siempre sumido en el Invierno, y el Viento del Norte y el Granizo y la Escarcha y la Nieve bailoteaban lúgubremente entre los árboles.

Una mañana, el Gigante estaba en la cama todavía cuando oyó que una música muy hermosa llegaba desde afuera. Sonaba tan dulce en sus oídos, que pensó que tenía que ser el rey de los elfos que pasaba por allí. En realidad, era sólo un jilguerito que estaba cantando frente a su ventana, pero hacía tanto tiempo que el Gigante no escuchaba cantar ni un pájaro en su jardín, que le pareció escuchar la música más bella del mundo. Entonces el Granizo detuvo su danza, y el Viento del Norte dejó de rugir y un perfume delicioso penetró por entre las persianas abiertas.

-¡Qué bueno! Parece que al fin llegó la Primavera -dijo el Gigante, y saltó de la cama para correr a la ventana.
¿Y qué es lo que vio?

Ante sus ojos había un espectáculo maravilloso. A través de una brecha del muro habían entrado los niños, y se habían trepado a los árboles. En cada árbol había un niño, y los árboles estaban tan felices de tenerlos nuevamente con ellos, que se habían cubierto de flores y balanceaban suavemente sus ramas sobre sus cabecitas infantiles. Los pájaros revoloteaban cantando alrededor de ellos, y los pequeños reían. Era realmente un espectáculo muy bello. Sólo en un rincón el Invierno reinaba. Era el rincón más apartado del jardín y en él se encontraba un niñito. Pero era tan pequeñín que no lograba alcanzar a las ramas del árbol, y el niño daba vueltas alrededor del viejo tronco llorando amargamente. El pobre árbol estaba todavía completamente cubierto de escarcha y nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía sobre él, sacudiéndole las ramas que parecían a punto de quebrarse.

-¡Sube a mí, niñito! -decía el árbol, inclinando sus ramas todo lo que podía. Pero el niño era demasiado pequeño.
El Gigante sintió que el corazón se le derretía.

-¡Cuán egoísta he sido! -exclamó-. Ahora sé por qué la Primavera no quería venir hasta aquí. Subiré a ese pobre niñito al árbol y después voy a botar el muro. Desde hoy mi jardín será para siempre un lugar de juegos para los niños.
Estaba de veras arrepentido por lo que había hecho.

Bajó entonces la escalera, abrió cautelosamente la puerta de la casa, y entró en el jardín. Pero en cuanto lo vieron los niños se aterrorizaron, salieron a escape y el jardín quedó en Invierno otra vez. Sólo aquel pequeñín del rincón más alejado no escapó, porque tenía los ojos tan llenos de lágrimas que no vio venir al Gigante. Entonces el Gigante se le acercó por detrás, lo tomó gentilmente entre sus manos, y lo subió al árbol. Y el árbol floreció de repente, y los pájaros vinieron a cantar en sus ramas, y el niño abrazó el cuello del Gigante y lo besó. Y los otros niños, cuando vieron que el Gigante ya no era malo, volvieron corriendo alegremente. Con ellos la Primavera regresó al jardín.
-Desde ahora el jardín será para ustedes, hijos míos -dijo el Gigante, y tomando un hacha enorme, echó abajo el muro.

Al mediodía, cuando la gente se dirigía al mercado, todos pudieron ver al Gigante jugando con los niños en el jardín más hermoso que habían visto jamás.
Estuvieron allí jugando todo el día, y al llegar la noche los niños fueron a despedirse del Gigante.

-Pero, ¿dónde está el más pequeñito? -preguntó el Gigante-, ¿ese niño que subí al árbol del rincón?
El Gigante lo quería más que a los otros, porque el pequeño le había dado un beso.
-No lo sabemos -respondieron los niños-, se marchó solito.
-Díganle que vuelva mañana -dijo el Gigante.

Pero los niños contestaron que no sabían dónde vivía y que nunca lo habían visto antes. Y el Gigante se quedó muy triste.
Todas las tardes al salir de la escuela los niños iban a jugar con el Gigante. Pero al más chiquito, a ese que el Gigante más quería, no lo volvieron a ver nunca más. El Gigante era muy bueno con todos los niños pero echaba de menos a su primer amiguito y muy a menudo se acordaba de él.

-¡Cómo me gustaría volverlo a ver! -repetía.
Fueron pasando los años, y el Gigante se puso viejo y sus fuerzas se debilitaron. Ya no podía jugar; pero, sentado en un enorme sillón, miraba jugar a los niños y admiraba su jardín.
-Tengo muchas flores hermosas -se decía-, pero los niños son las flores más hermosas de todas.

Una mañana de Invierno, miró por la ventana mientras se vestía. Ya no odiaba el Invierno pues sabía que el Invierno era simplemente la Primavera dormida, y que las flores estaban descansando.
Sin embargo, de pronto se restregó los ojos, maravillado, y miró, miró…
Era realmente maravilloso lo que estaba viendo. En el rincón más lejano del jardín había un árbol cubierto por completo de flores blancas. Todas sus ramas eran doradas, y de ellas colgaban frutos de plata. Debajo del árbol estaba parado el pequeñito a quien tanto había echado de menos.

Lleno de alegría el Gigante bajó corriendo las escaleras y entró en el jardín. Pero cuando llegó junto al niño su rostro enrojeció de ira, y dijo:
-¿Quién se ha atrevido a hacerte daño?
Porque en la palma de las manos del niño había huellas de clavos, y también había huellas de clavos en sus pies.
-¿Pero, quién se atrevió a herirte? -gritó el Gigante-. Dímelo, para tomar la espada y matarlo.
-¡No! -respondió el niño-. Estas son las heridas del Amor.
-¿Quién eres tú, mi pequeño niñito? -preguntó el Gigante, y un extraño temor lo invadió, y cayó de rodillas ante el pequeño.

Entonces el niño sonrió al Gigante, y le dijo:
-Una vez tú me dejaste jugar en tu jardín; hoy jugarás conmigo en el jardín mío, que es el Paraíso.
Y cuando los niños llegaron  esa tarde encontraron al Gigante muerto debajo del árbol. Parecía dormir, y estaba entero cubierto de flores blancas.

domingo, 6 de noviembre de 2011

El Juglar de Nuestra Señora


El Juglar de Nuestra Señora es un relato medieval francés sobre un juglar que ingresa a un monasterio y desea ofrecer algo a la Santa Virgen María y al Niño Dios como lo hacen los otros monjes, pero a diferencia de ellos no sabe hacer nada mas que su arte juglaresca. Después de mucho pensar decide ponerse a hacer malabares y cantar coplas en honor a la Virgen y el Niño, convirtiendose así en "El Juglar de Nuestra Señora".


Este antiguo y tierno relato ha inspirado a varios artistas que han creado sus propias versiones, entre ellos los escritores Anatole France y Michel Zink y el músico Jules Massenet, compositor de una opera sobre el mismo tema. ¿Te gustaría leer la historia completa?
Si quieres leer la versión de Michel Zink este es el enlace:
http://www.devocionario.com/textos/c_zink_juglar.html

 
Y aquí te ponemos completa la versión de Anatole France:

EL JUGLAR DE NUESTRA SEÑORA
POR: ANATOLE FRANCE (Anatole François Thibault
(1844 -- 1924) 


En tiempos del rey Luis vivía en Francia un pobre malabarista, oriundo de Compiégne, llamado Bernabé, que iba de ciudad en ciudad mostrando su fuerza y su destreza.

En los días soleados desenrollaba una vieja y raída alfombra en la plaza pública, y repitiendo el jovial discurso que había aprendido de un viejo malabarista, y que nunca variaba en lo absoluto, reunía a niños y curiosos, adoptaba posiciones extraordinarias y se colocaba en equilibrio un plato de hojalata en la punta de la nariz. Al principio la multitud fingía indiferencia.

Pero cuando se apoyaba en las manos, la cara hacia abajo, arrojaba al aire seis pelotas de cobre que titilaban al sol, y las atajaba con los pies; o cuando se arrojaba hacia atrás hasta juntar los talones con la nuca, dando a su cuerpo la forma de una rueda perfecta, y en esta postura hacía juegos malabares con una docena de cuchillos, los espectadores murmuraban de admiración, y las monedas llovían sobre la alfombra.

No obstante, como la mayoría de quienes viven de su ingenio, Bernabé tenía grandes problemas para ganarse la vida, pues las penalidades parecían haberse convertido en compañeras inseparables.

La luz del día y el calor del sol eran esenciales para poder representar sus brillantes actos, y siendo el tiempo tan variable no podía trabajar con tanta constancia como hubiera querido. En invierno él no era más que un árbol despojado de sus hojas, como si estuviera muerto. El terreno escarchado era duro para el malabarista, pues dificultaba enormemente su traslado de un lugar a otro, de modo que la temporada inclemente le hacía padecer frío y hambre. Pero, siendo de naturaleza sencilla, sobrellevaba sus males con paciencia.

Nunca había meditado sobre el origen de la riqueza, ni sobre la desigualdad de la condición humana. Creía firmemente qué si su vida era difícil, sus años futuros equilibrarían las cosas, y esta esperanza lo sostenía. No era como esos sujetos inescrupulosos que venden el alma al diablo. Nunca blasfemaba con el nombre de Dios; vivía virtuosamente, y aunque no tenía mujer propia, no codiciaba la mujer del prójimo. En verdad, su naturaleza no era muy propensa a los placeres carnales, y para él era mayor privación renunciar a la copa que a la doncella que la llevaba, pues aunque no carecía de sobriedad, le gustaba beber cuando llegaba el tiempo cálido. Era un hombre digno y temeroso de Dios, y era muy devoto de la Santa Virgen.

Al entrar en la iglesia, siempre se arrodillaba ante la imagen de la Madre de Dios, y le ofrecía esta plegaria: "Señora bendita, cuida de mi vida hasta que a Dios le complazca que yo muera, y cuando esté muerto, asegúrame la posesión de las alegrías del paraíso".

Una noche, después de un día lluvioso y sombrío, mientras el triste y encorvado Bernabé seguía su camino, llevando bajo el brazo sus pelotas y cuchillos envueltos en la vieja alfombra, buscando un cobertizo donde pudiera dormir, aunque no pudiera comer, vio a un monje que iba en la misma dirección y lo saludó en forma amable. Y como caminaban a la misma velocidad, se pusieron a conversar.

–Compañero de viaje –dijo el monje–, ¿por qué estás todo vestido de verde?¿será para hacer el papel de bufón en alguna representación religiosa?

–En absoluto, padre –repuso el otro–. Me llamo Bernabé, y soy malabarista de vocación. No podría haber vocación más agradable en el mundo, si siempre uno se ganara el pan cotidiano.

–Amigo Bernabé –respondió el monje–, ten cuidado con lo que dices. No hay ocupación más agradable que la vida monástica. Los que se dedican a ella se ocupan de alabar a Dios, a la Santa Virgen y a los santos, y la vida religiosa es un himno incesante al Señor.

–Buen padre –dijo Bernabé–, sé que hablé como un hombre ignorante. Tu ocupación no puede compararse con la mía, y aunque puede haber cierto mérito en bailar con una moneda haciendo equilibrio sobre una vara en la punta de la nariz, no es mérito que pueda compararse con el tuyo. Con gusto, buen padre, yo cantaría mi oficio día a día, especialmente el oficio de la Santísima Virgen, a quien he jurado singular devoción. Con tal de abrazar la vida monástica, abandonaría con gusto el arte por el cual soy célebre en más de seiscientos pueblos y aldeas, desde Soissons hasta Beauvais.

El monje quedó conmovido por la sencillez del malabarista, y como no carecía de discernimiento, reconoció en Bernabé a uno de esos hombres de quienes se dice en las Escrituras: Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Y por ello respondió:

–Amigo Bernabé, ven conmigo y haré que te admitan en el monasterio donde soy prior. El que guió a Santa María de Egipto por el desierto me puso en tu camino para guiarte por la senda de la salvación.

Y así fue como Bernabé se metió a monje. En el monasterio donde lo recibieron, los religiosos competían por la adoración de la Virgen María, y en honor de ella empleaban todos los conocimientos y destrezas que Dios les había dado.

Por su parte, el prior escribía libros que versaban, siguiendo las normas de la escolástica, sobre las virtudes de la Madre de Dios.

El hermano Mauricio, con mano diestra, copiaba estos tratados en hojas de pergamino. El hermano Alejandro adornaba las hojas con delicadas pinturas en miniatura. Allí aparecía la Reina del Cielo sentada en el trono de Salomón, y cuatro leones yacían a sus pies. Y en torno del nimbo que le aureolaba la cabeza revoloteaban siete palomas, que son los siete dones del Espíritu Santo, los dones del Temor de Dios, la Piedad, el Conocimiento, la Fortaleza, el Consejo, la Comprensión y la Sabiduría. La acompañaban seis vírgenes de cabello dorado, a saber, Humildad, Prudencia, Reclusión, Sumisión, Castidad y Obediencia. A sus pies había dos figuras desnudas y blancas en actitud de súplica. Eran almas que imploraban su todopoderosa intercesión, y podemos estar seguros de que no imploraban en vano.

En una página enfrentada, el hermano Alejandro representó a Eva, de modo que al mismo tiempo uno veía la Caída y la Redención: Eva, la Esposa degradada, y María, la Virgen exaltada. Más aún, para maravilla del observador, este libro contenía representaciones del Pozo de Aguas Vivas: la Fuente, el Lirio, la Luna, el Sol y el Jardín de que nos habla el Cantar de los Cantares, la puerta del Cielo y la Ciudad de Dios, y todas estas cosas eran símbolo de la Santa Virgen.

De igual manera, el hermano Marbode era uno de los más afectuosos hijos de María. Pasaba todos sus días tallando imágenes en piedra, de modo que tenía la barba, las cejas y el cabello blancos de polvo, y los ojos continuamente hinchados y llorosos, pero su fuerza y su jovialidad no menguaban, aunque ya tenía muchos años. Era evidente que la reina del Paraíso aún cuidaba de su sirviente en su vejez. Marbode la representaba sentada en su trono, la frente ceñida por una aureola esférica incrustada de perlas. Y cuidaba de que sus pliegues del vestido le cubrieran los pies, pues el profeta declaraba: Mi amada es como un jardín amurallado. A veces también la pintaba semejante a una niña llena de gracia, como si dijera: "Tú eres mi Dios, aun desde el vientre de mi madre".

En el priorato también había poetas que componían himnos en latín, tanto en prosa como en verso, en honor de la Virgen María, y entre ellos había un hermano de Picardía que cantaba los milagros de Nuestra Señora en versos rimados y en lengua vulgar.

Siendo testigo de estas fervientes alabanzas y de la gloriosa cosecha de estas labores, Bernabé lamentaba su ignorancia y rusticidad. "Ay" suspiraba, mientras emprendía su paseo solitario por el desnudo jardín del monasterio, "desdichado de mí, que soy incapaz, como mis hermanos, de alabar a la Santa Madre de Dios, a quien he jurado todo el afecto de mi corazón. Ay, soy sólo un hombre tosco que desconoce las artes, y no puede ofrecerte, bendita Señora, sermones edificantes, ni tratados ordenados según las normas, ni ingeniosas pinturas, ni estatuas esculpidas con verosimilitud, ni versos cuyo ritmo se compare al andar de los pies. ¡No poseo, ay, ningún talento!".

Así se lamentaba y se entregaba a la pena. Pero una noche, cuando los monjes pasaban su hora de libertad en conversación, oyó que uno de ellos contaba la historia de un religioso que sólo sabía repetir el Ave María. Ese pobre hombre era despreciado por su ignorancia, pero después de su muerte salieron de su boca cinco rosas en honor de las cinco letras del nombre María, y así fue manifiesta su santidad.

Mientras escuchaba esta historia, Bernabé se maravilló una vez más de la bondad de la Virgen, pero la lección de esa muerte bendita no bastó para consolarlo, pues su corazón rebosaba de fervor y ansiaba celebrar la gloria de Nuestra Señora que está en los cielos.

No hallaba la manera de lograrlo, y cada día estaba más abatido, hasta que una mañana se despertó lleno de alegría, fue a la capilla y permaneció solo allí por más de una hora. Después de la cena regresó nuevamente a la capilla.

Y, a partir de ese momento, iba diariamente a la capilla, en las horas en que estaba desierta, y pasaba allí gran parte del tiempo que los otros monjes consagraban a las artes liberales y mecánicas. Su tristeza se disipó y dejó de lamentarse. Pero esa extraña conducta despertó la curiosidad de los monjes.

Comenzaron a preguntarse con qué propósito el hermano Bernabé se retiraba tan frecuentemente. El prior, cuyo deber es no permitir que nada se le escape en la conducta de sus hijos, resolvió vigilar a Bernabé cuando se iba a la capilla. Y un día, pues, cuando estaba encerrado allí según su costumbre, el prior, acompañado por dos monjes ancianos, fue a espiar a través de las hendijas de la puerta lo que sucedía dentro de la capilla.

Vieron a Bernabé ante el altar de la Santa Virgen, cabeza abajo, los pies en el aire, haciendo malabares con seis pelotas de cobre y doce cuchillos. En honor de la santa Madre de Dios realizaba esos actos, que antes le habían ganado renombre. Sin comprender que ese sencillo sujeto ponía así sus conocimientos y habilidades al servicio de la Santa Virgen, los dos monjes más viejos protestaron contra el sacrilegio.

El prior sabía que el alma de Bernabé era pura, pero llegó a la conclusión de que era presa de la locura. Los tres se disponían a sacarlo de la capilla cuando vieron que la Virgen María bajaba la escalinata del altar y avanzaba para enjuagar con un pliegue de su túnica azul el sudor que bañaba la frente del malabarista.

Y el prior, cayendo de bruces en el suelo, pronunció estas palabras: –Benditos sean los simples de corazón, pues ellos verán a Dios.

–Amén –respondieron los viejos monjes, y besaron el suelo.


France, Anatole
Le juglar de Notre Dame
Francia (1892)

VIRGEN DE LA CANDELARIA